Cada vez que me hacen esa pregunta contesto lo mismo: “La película se defiende sola”. No hace falta que nadie –mucho menos yo– salga a protegerla de los numerosos y variopintos ataques que está recibiendo.

Lo creo a pies juntillas. No he leído (aún) ningún artículo sólido, serio y bien argumentado por parte de quienes “han ido a por ella”. Los que ni siquiera creyeron necesario verla para juzgarla tan duramente, ellos mismos se desautorizan; a otros les pierden las formas y el ruido enmascara su ausencia de fundamento cuando no una preocupante radicalidad en base a prejuicios. Unos pocos intentan darle sentido trascendente a su oposición frontal, pero no me convencen.

El caso de Noé es el más reciente, pero hay numerosos ejemplos en el pasado de reacciones similares frente a películas basadas en relatos bíblicos.

Esta semana una amiga me compartió una ilustración extraordinaria por oportuna.

En ella, un rinoceronte artista nos muestra orgulloso sus cuadros. El estilo es bueno, bastante realista, pero todos sus trabajos tienen algo en común: en medio del lienzo siempre reproduce su propio cuerno.

No es su marca personal; simplemente lo tiene delante a la hora de pintar y, para él –acaso sin saberlo–, el asta forma parte de los paisajes que trata de reproducir.

Como este rinocezanne, todos tenemos algo que forma parte inseparable de nosotros y que, cuando miramos, está siempre ahí, en primer plano, ofreciéndonos una imagen de la realidad que, en consecuencia, deviene distorsionada. Algunos lo llamarían “color del cristal con que se mira”; a partir de ahora yo prefiero llamarlo “el cuerno del rinoceronte”.

Así como el animal no puede evitar que su cuerno esté integrado en todo cuanto ve, para algunos cristianos, cuando juzgan algo (en el caso que nos ocupa, una película), su “cuerno” condiciona aquello que ven. Y lo más desafortunado: por su posición predominante, éste oculta aspectos (del film) que podrían ser relevantes para su correcta compresión.

Ahora quisiera centrame en la segunda imagen (compartida el mismo día (!) por otro amigo). Se trata de un juego visual, que es necesario completar antes de seguir leyendo estas notas. Consiste en lo siguiente: mirar fijamente durante 15-20 segundos los puntos de color (en la nariz del personaje). Transcurrido ese tiempo, dirigir la mirada al techo y parpadear varias veces con efusividad.

¿Funcionó? Si es así, una imagen completamente distinta habrá aparecido, como por arte de magia, ante sus ojos. Fue propiciada a través de una experiencia óptica a partir de una concentración de la atención.

Con las películas ocurre lo mismo: cuanto más cerca de ellas estás, cuanta más atención les prestas, más cosas descubres que tienen que ofrecer. Y algunas, como ocurre con toda gran narración que se precie, dicen y piensan cosas que ni siquiera sus autores saben.

A mí, con Noé, me pasa; y a otros me consta que también.

Así que, cuando vayas al cine la próxima vez, ¿lo harás con el cuerno de rinoceronte puesto o fijando la atención lo suficiente para descubrir todas esas lecturas –también las espirituales– que el film ofrece?

Si quieres conocer algunas de las lecturas espirituales de Noé que quizás hayas pasado por alto, puedes consultar los materiales de Biblia&Cine sobre este film ya publicados o los que se irán publicando las próximas semanas.



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